La soberbia pierde al hombre.

Muchas cosas se arreglan sencillamente con una disculpa a tiempo, con no seguir en el error, con aceptación, preguntando simplemente o actuando con humildad.
Somos todos seres humanos en busca de otros seres humanos y el encontrarlos nos provoca empatia, nos lleva a bajar la guardia, pero la soberbia es la voz del ego lastimado o confrontado con la verdad y solo opera cuando se han acabado las razones, cuando la inseguridad es tal, que nos obliga a acorazarnos.
De fondo la soberbia busca reconocimiento, sin ningún sustento, no es muestra de carácter, es testimonio de debilidad y más de fondo la raíz es el miedo, porque entre más duras se colocan las sinrazones, más miedo tienen de caer, de verse expuestas.
Colaborar con los cambios, no cerrarse ante ellos y estar siempre dispuestos a aprender nos hace flexibles y más aptos para sobrevivir, para crecer, la humildad es siempre la herramienta del sabio que educa a su ego para trabajar a su favor, que gana simpatias y que en base al respeto por la verdad, obtiene siempre aceptación.
La soberbia nos aleja de la gente, nos cierra los caminos, nos infla sin elevarnos, tan solo para hacernos caer. “Tened compasión del soberbio, se haya perdido y no lo quiere decir, si le acaricia a contrapelo se defenderá, si lo hace a favor, puede que se ponga a llorar”.
“La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano” San Agustin.

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