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El club de los corazones solitarios. ( Capitulo 34 )

Capitulo 34

Tracy, Diane, Jen, Laura y yo salimos hacia el aparcamiento con la sensación de haber triunfado.
—¡Chicas! ¡Hemos recaudado más de tres mil dólares! La gente no paraba de darme dinero para poder participar —comentó Jen mientras se aferraba con todas sus fuerzas al abultado sobre.
—Es fantástico, Jen. ¡Enhorabuena! —dijo Diane.
—Vaya, mira quién está ahí. ¡La mismísima doña Penny Maldita Lane! —nos giramos y vimos a Todd, con compañia habitual: Brian y Pam, Don y Audrey. Ryan estaba justo detrás de él. Missy se encontraba allí también. Pero no quedaba claro si iba con Ryan o con Todd… o, sencillamente, se les había acoplado.
Ryan trató de agarrar a Todd por el hombro, pero éste se desembarazó.
—Todd, ¿estás borracho? —preguntó Diane, sin alterarse.
—Que te den, Diane —Todd, a todas luces borracho, zigzagueaba entre los coches. Apenas le había visto durante la fiesta. Estaba convencida de que habría oído sus abucheos durante mi canción… y la de Ryan.
Una vez más, Ryan intentó arrastrarlo hasta el coche y, en esta ocasión, Todd le dió un empujón.
—Ryan, eres patético.
—Sí, claro, él es el patético —tardé un segundo en darme cuenta de que la respuesta había brotado de mis labios. De pronto, Todd me estaba mirando cara a cara.
—Mantente al margen, Bauer. Esto es entre la bollera y yo.
Traté de apartar la cara de su pestilente aliento.
—¿De qué hablas, Todd? —espeté. Ryan se acercó y exploté—: Puedo arreglármelas sola, Ryan —se echó hacia atrás, aunque mantuvo los puños cerrados, como dispuesto a actuar en cualquier momento.
Todd me seguía clavando las pupilas.
—¿Sabes? Sólo porque seas tan patética que ningún tío en su sano juicio quiera enrollarse contigo, no tienes derecho a corromper al resto de las pibas del instituto.
—A ver, si no recuerdo mal, hubo un tiempo en que tú mismo querías salir conmigo; pero se ve que este cerebro que tengo lo impidió. Si te hace tan feliz, adelante, échame la culpa de que ninguna chica quiera salir contigo —me eché hacia atrás para alejarme, pero él dio un paso adelante.
—Te lo digo en serio, Todd, más vale que la dejes en paz —intervino Diane acercándose, seguida por Tracy, Jen y Laura.
—¡Oooh! —se balanceó en dirección a mis amigas y alzó los brazos al aire

fingiendo espanto—. Qué mieeedo me dais, niñas.
—De hecho, preferimos que nos llamen mujeres —repliqué yo; luego, me mordí el labio. No podía evitarlo, aunque sabía que estaba empeorando las cosas.
Por encima del hombro de Todd, Missy observaba con expresión de absoluta complacencia.
Todd seguía balanceándose de un lado a otro.
—Mira…
—No, Todd, mira tú —ya estaba harta de su actitud infantil, y no estaba dispuesta a permitir que nos arruinase nuestra noche—. Puede que la razón por la que no hayas tenido novia desde hace un tiempo sea que ninguna chica en su sano juicio quiera salir con un tío con el cociente intelectual de un niño de cuatro años.
Se inclinó hacia mí.
—Bueno, y puede que la razón por la que los tíos te sigan engañando sea porque eres una perra egoísta que sólo piensas en ti —se echó a reír cuando vio que yo daba un respingo.
—¿Sabes qué? Quizá la razón por la que las chicas del instituto están en el club es porque los chicos sois unos absolutos cretinos. Preferimos pasar el tiempo juntas antes que salir con cualquiera de vosotros —caí en la cuenta de que estaba incluyendo a Ryan en mi generalización—. Eres un crío, Todd. ¿Por qué no vuelves a la cancha de fútbol, donde te corresponde, y te pones a perseguir el balón en lugar de perseguir a chicas que son diez veces más inteligentes que tú?
Aquello le sacó de quicio.
—¡Zorra! —me agarró por la muñeca con todas sus fuerzas. Noté una punzada de dolor cuando Todd me apretó el brazo y me lo retorció.
Pegué un alarido mientras Brian y Don lo apartaban de mí.
Brian tiró de él por la cintura.
—No lo vale, colega. Déjala, no lo vale. Venga, vamos…
Todd se liberó de Brian y se enderezó. Mientras regresaba con su grupo, me enseñó el dedo del medio. Missy le dedicó una encendida ovación.
¿Y yo era la zorra?
Ryan se acercó a mí.
—¿Te encuentras bien? No me había dado cuenta de lo borracho que estaba Todd.
Me temblaba el cuerpo entero y la muñeca me palpitaba de dolor; aparte de eso, ¡todo era genial! Asentí con humildad mientras las chicas se acercaban a comprobar que estaba sana y salva.
Diane se dirigió a él.
—En serio, Ryan, ¿cómo puedes ser amigo de ese idiota, o de cualquiera de ellos?
Se limitó a encogerse de hombros.
—Sabes que no siempre es así.
—Mira, Ryan, Todd acaba de hacer daño a Penny. ¿Es que piensas volver con el grupo y fingir que no ha pasado nada? —Diane negó con la cabeza.

Ryan miró hacia atrás, hacia sus supuestos amigos.
—A ver, no saquemos las cosas de quicio —replicó.
—Tienes que estar de broma —me quedé mirando a Ryan, sin dar crédito—. ¿Acaso vas a defenderlo?
«Estás de mi parte —pensé—. Me dedicaste una canción, ¿no?».
—No, claro que no. Es sólo que…
La frustración que había ido acumulando en las últimas semanas llegó a su límite. Estaba tan indignaba que me costaba concentrarme.
Me giré hacia Ryan, con las mejillas ardiendo. Notaba un sabor ácido en la boca. Se suponía que era mi amigo, pero estaba dispuesto a cruzarse de brazos y permitir que aquello sucediera. No quería problemas con el imbécil de su mejor amigo, ni con sus repugnantes compañeros de equipo.
—Ay, Ryan, no sabes hasta qué punto me decepcionas. No te atreves a mostrarte tal como eres, ni a defender tus propias ideas, ¿verdad que no?
Ryan me miró como si le hubiera clavado un puñal. Nos contemplamos mutuamente.
Al momento, me arrepentí.
—No quería decir… —balbuceé.
Se dio la vuelta y me dejó allí de pie, con un gesto de horror en el semblante.
¿Cómo podía haberle dicho eso delante de todo el mundo?
Tracy me rodeó con el brazo y me condujo hasta el coche.
—Pen, es un cretino, no hagas caso de nada de lo que te ha dicho.
—Pero Ryan…
Tracy se mostró desconcertada.
—No estoy hablando de Ryan, sino de Todd.
«Ah, claro, Todd».
Seguí reproduciendo la conversación en mi cabeza una y otra vez.
—Toma, ponte esto en la muñeca. Yo me encargaré de la cama —Tracy me entregó una bolsa de hielo, cogió la sábana de mi mano y empezó a preparar el colchón de aire en el suelo de mi habitación—. Penny, deja ya de castigarte. Es un imbécil.
Levanté la mirada hacia ella.
—¿En serio crees que hemos molestado a tanta gente del instituto al fundar el club? Primero, el director Braddock; y ahora…
Sacudió la sábana mientras ésta descendía sobre la cama.
—Ven aquí —se sentó en mi cama y dio unas palmadas en el almohadón que tenía al lado—. Penny, el club es una de las cosas más importantes que hemos hecho todas y cada una de nosotras. Todd Chesney es un cretino. Punto final. No dejes que te amargue el triunfo de la noche.
Bajé la mirada a mi pijama de franela y levanté las rodillas para apoyar el mentón.

—Es que no quiero tener la culpa de molestar a la gente.
—¿Sabes de qué tienes la culpa?
Me encogí de hombros. Ya no sabía qué pensar. Cada vez que creía que podía seguir con el club y, al mismo tiempo, ser amiga de Ryan, todo estallaba en pedazos.
Tracy me agarró por el hombro de tal modo que me vi forzada a mirarla.
—Tienes la culpa de que Kara se haya sentido tan a gusto como para contarnos su problema con la comida.
La transformación de Kara había sido considerable. Se habían acabado los jerséis anchos, las fotos de modelos esqueléticas pegadas en su taquilla, y su costumbre de pedir ensalada sin aliño a la hora del almuerzo. Ahora se ponía ropa más favorecedora, tenía en la taquilla fotos de sus amigas —no de modelos consumidas— y almorzaba con nosotras. Aún le quedaba mucho camino por recorrer, pero era un buen comienzo.
—Tienes la culpa de que Teresa haya mantenido su beca de voleibol para la Universidad de Wisconsin.
Gracias a Maria, Teresa hizo un examen de Cálculo sensacional.
—Tienes la culpa de que, por primera vez en su vida, Diane Monroe disponga de personalidad propia. ¿Te acuerdas de cómo era a principio de curso?
Me acordé de Diane en el restaurante, cuando saltaba a la vista que estaba hecha polvo pero trataba de fingir que todo iba de maravilla.
—Y ahora, siempre que la ves, está encantada de pertenecer al club y tener amigas. Me ha sorprendido un montón, en serio.
Tracy no era la única persona a la que Diane había sorprendido. Todavía me costaba creer que hubiera puesto en riesgo su reputación con Braddock para ayudar al club, o que se hubiera enfrentado a Todd aquella misma noche… o a Missy, después de la publicación del artículo.
Noté que se me encogía el pecho y los ojos me comenzaban a arder.
—Esas cosas no ocurrieron por mí. No puedo sentirme responsable.
Tracy se levantó y me cogió de las manos.
—Fuiste tú quien nos abrió los ojos. Tú eres la más fuerte de todas.
El labio inferior me empezó a temblar.
—Sí, mira lo fuerte que soy…
—Basta ya, Penny. No te menosprecies. Eres la líder del grupo porque todo el mundo te respeta, porque siempre estás ahí para la gente, y porque eres una de las personas más increíbles que he conocido en la vida. Me encanta que seas mi mejor amiga. ¿Cuántas veces te lo voy a tener que decir?
Tracy me abrazó, y yo me agarré a ella con fuerza.
—Además —prosiguió—, todo el mundo me tiene miedo al conocerme, y Diane da la imagen de doña Perfecta, así que eres el menor de los tres males.
Solté a Tracy cuando ésta se echó a reír.
—Lo siento, ya sabes que no puedo evitarlo. ¡Justo por eso te necesitamos tanto!
Me recosté en la cama y caí en la cuenta de lo cansada que estaba. Tracy se tumbó en su colchón y se tapó con las mantas.

—Suficiente melodrama para un solo día. Adiós.
Apagué la lámpara de mi mesilla de noche y me tapé con el edredón. Desde abajo, me llegó una carcajada.
—¿Qué pasa?
A Tracy le había dado la risa floja.
—Ojalá pudiéramos ver a Todd mañana por la mañana. Va a encontrarse a morir. ¡Esperemos que haya vomitado encima de Missy! ¡Pagaría por verlo!
Me reí unos segundos y, luego, me acordé de Ryan. Tenía que encontrar la manera de arreglar las cosas entre los dos… otra vez.
¿Por qué podía yo formar parte de un grupo enorme de chicas, pero no dejaba de tener problemas con un único chico?
Di un respingo al recordar la expresión de su cara.
Cerré los ojos y aparté el pensamiento de mi cabeza. Me encargaría de ello al día siguiente. Aquella noche iba a disfrutar del éxito de la fiesta. Había sido genial, excepto cuando Todd me gritó, y cuando yo le grité a Ryan.
Mientras estaba tumbada, en la oscuridad, traté de visualizar todo lo bueno que había sucedido aquella noche: el dinero que Jen había recolectado para el equipo; la impresionante interpretación de I Will Survive por parte de Kara; Diane, Tracy y yo cantando juntas…
Pero, cada vez que empezaba a alegrarme, la expresión dolida de Ryan me saltaba a la mente.
—¡Ay! —exclamé al sacudir la cabeza, acaso con demasiada violencia, con la esperanza de desembarazarme de ese pensamiento.
—Penny —dijo Tracy con voz somnolienta—, ¿estás bien?
«No, no estoy bien».
—Sí, perfectamente. Buenas noches.
En serio, tenía que dejar de mentir a mi mejor amiga.
Y a mí misma.

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