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El club de los corazones solitarios. ( Capitulo 26 )

Capitulo 26

—¿Qué ha pasado? —pregunté en cuanto hube entrado en las oficinas de Dirección.
—Dínoslo tú —respondió mamá—. El señor Braddock nos llamó diciendo que se trata de un asunto importante. Tu padre ha tenido que cancelar varias citas en su consulta para poder venir.
Estaba desconcertada. Me quedé mirando a mis padres; se notaba que estaban furiosos.
—No lo sé.
No había copiado en los exámenes. No había llegado tarde a las clases. Mis notas, que siempre habían sido buenas, habían mejorado aquel curso…
Se abrió la puerta del despacho del director. El señor Braddock salió y nos hizo señas para que entrásemos. Braddock era un hombre calvo, grande y robusto, que parecía agradable hasta que abría la boca. Mientras nos dirigíamos a su despacho, forrado de paneles de imitación a madera y plagado de fotos y trofeos de sus días de gloria en el McKinley, más de treinta años atrás, noté que el pulso se me aceleraba.
—Les pido disculpas por convocarlos con tan poca antelación —hizo un gesto hacia mis padres—, pero tenemos un problema con Penny que se nos empieza a ir de las manos. No sé si están al tanto de ese pequeño «club» que ha fundado su hija.
«¿CÓMO?».
—Claro que sí —respondió papá—. Se reúnen en nuestra casa los sábados por la noche. Son unas chicas estupendas.
El director Braddock se rebulló en el asiento.
—Entiendo. El caso es que el asunto está causando problemas en el instituto.
«¿Ah, sí?».
—¿Ah, sí? —replicó mamá—. ¿Qué clase de problemas?
El director Braddock se ajustó la corbata.
—Doctor Bloom, señora Bloom: el problema es que Penny está utilizando sus experiencias desafortunadas para volver a la población femenina del McKinley en contra de los varones del centro.
Me quedé muda de asombro.
—¡El club no va de eso!
El director Braddock levantó una mano para silenciarme.
—Veamos. Lamento mucho que Penny no sea capaz de encontrar novio…
—¡No le consiento que diga eso! —protestó mamá.
El director Braddock volvió a poner las manos en alto.
—Mis disculpas. Lo que quiero decir es que no me parece apropiado que Penny

imponga sus ideas al resto del alumnado femenino, sobre todo a las estudiantes de tercero de secundaria, todavía muy influenciables.
—Un momento —replicó mamá—. Penny Lane ha formado un grupo de amigas increíble. No tienen intenciones ocultas, se limitan a pasar tiempo juntas sin las presiones propias de las citas con chicos. Señor Braddock, usted mejor que nadie conoce las complicaciones que acarrean los romances de instituto. Lo que me sorprende, precisamente, es que no fomente el club.
Dirigí la mirada hacia mi madre y vi que las mejillas le ardían. Aquello iba a estar bien.
—Señora Bloom, no pienso cruzarme de brazos y permitir que una chica dirija el instituto. Penny está adquiriendo excesiva importancia en el McKinley. Me temo que su influencia sobre la población femenina empieza a quedar fuera de control.
Mamá, impaciente, se puso a golpear el pie contra el suelo.
—Sin embargo, a usted no le preocupa el hecho de que uno de sus atletas, sólo porque lance el balón muy lejos, sea objeto de adoración por parte de toda la población masculina, ¿me equivoco? Permítame hacerle una pregunta, señor Braddock. ¿Alguna de las socias del club ha tenido problemas de alguna clase?
—Bueno, técnicamente no. Pero el club del que hablamos no ha sido autorizado por la dirección del centro, por consiguiente…
—Por consiguiente —interrumpió mamá—, no es un asunto de su incumbencia.
El director Braddock se aclaró la garganta.
—Por consiguiente, entenderán el dilema: el instituto no puede fomentar aquello que no ha autorizado previamente. No puedo consentir que el club continúe.
Mamá cruzó las piernas.
—Disculpe, señor Braddock; pero ¿las calificaciones de Penny han empeorado?
—No…
—De hecho, sus notas han mejorado este último semestre, ¿no es verdad?
Braddock se puso a revisar la delgada carpeta que contenía mi expediente.
—Supongo que sí.
—Es decir, Penny Lane no ha hecho nada malo, el club no está afectando a sus notas y las socias se reúnen fuera del recinto del centro, ¿tengo razón?
—Técnicamente…
—Por lo tanto, no veo dónde reside el problema.
—El problema, señora Bloom —el rostro del señor Braddock parecía a punto de estallar—, reside en que después del artículo publicado en el Monitor, muchos varones de este instituto han protestado. Y no sólo eso. También he recibido informes preocupantes por parte de mi Comité de Asesoría sobre el Alumnado.
«Un momento, Ryan no habría…».
—Todavía no ha ocurrido nada malo, lo cual no significa que no vaya a ser así. El club traerá problemas. Sí, PRO-BLE-MAS.
Mamá se levantó.
—Bueno, pues me importa una MIER…
—Becky —papá tomó la palabra, por fin. Se levantó y puso una mano en el

hombro de mi madre. El señor Braddock se tranquilizó visiblemente, quizá confiando en que mi padre le diera la razón.
—Gracias, doctor Bloom.
—Penny Lane —dijo papá—. Venga, nos vamos. Señor Braddock, estoy seguro de que no pondrá reparos en que nos llevemos a Penny, ya que no me parece justo que tenga que pasar el resto del día en el instituto después de cómo la ha insultado usted.
Papá agarró su abrigo. Me quedé mirándolo, inmóvil.
—Además, señor Braddock, como padres de Penny fomentamos ese «pequeño club», como usted lo llama. Lo que nuestra hija ha conseguido es excepcional y, en vez de regañarla, debería colgar su retrato en la pared. Estamos muy orgullosos de ella.
Papá me abrazó y me plantó un beso en la frente.
—Vamos, hija. Recoge tus cosas.

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