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El club de los corazones solitarios. ( Capitulo 24 )

Capitulo 24

Tras la publicación del artículo, el instituto me resultaba insoportable: la curiosidad, las miradas, el repentino interés por el club. Me sentí exultante cuando, por fin, llegó la noche del sábado.
Justo antes de dirigirme a la planta de abajo, consulté mi correo electrónico una vez más y me encontré con un mensaje de Nate con el siguiente asunto:
«LÉELO, POR FAVOR».
Vacilé unos segundos antes de abrirlo.
Pen:
Confío de verdad en que me des una oportunidad al leer este correo, aunque seguramente no lo harás. Tienes razones más que suficientes para estar furiosa conmigo. Lamento muchísimo haberte hecho daño. Desde que regresé a casa, tengo el ánimo por los suelos. Te echo mucho de menos. Lo eres todo para mí y lo que hice, lo que dije, estuvo horriblemente mal. Soy un idiota. Un cretino. Un fracasado.
Te pido perdón, Penny. Si estuviera en mi mano borrar lo que hice y acabar con el daño que te he causado, no lo dudaría. Haría cualquier cosa por ti. Te necesito en mi vida, y sin ti estoy perdido.
Echo en falta hablar contigo. Echo en falta verte. Te echo en falta a TI.
Cuando mis padres me dijeron lo de Acción de Gracias, la idea de volver a verte me emocionó, hasta que comprendí que a ti no te ocurriría lo mismo. ¿Crees que tu precioso y compasivo corazón accederá, por lo menos, a escucharme el día de Acción de Gracias? Pen, hay tantas cosas que quiero decirte. Lo eres todo para mí. Quiero que vuelvas, y estoy deseando hacer lo que sea para volver a ganarme tu confianza.
Por favor, habla conmigo.
Besos,
El idiota integral
La flecha del ratón revoloteó sobre el comando «Eliminar», pero no me sentí con fuerzas para borrar el mensaje.
Sonó el timbre y di un respingo. Tuve que salir corriendo y aparté el correo de Nate de mi mente.
—¿Estás bien? —preguntó Tracy al verme.
Asentí.
—Creo que la reunión va a ser multitudinaria. Más vale que empecemos con los preparativos.
Diane y Tracy intercambiaron miradas de inquietud. Yo fingí no darme cuenta.
Media hora más tarde, la reunión era un auténtico caos.
Al llegar a cuarenta, perdí la cuenta de las chicas que se habían congregado en el sótano. Semejante concurrencia debería haberme emocionado, pero no dejaba de preguntarme quiénes habían acudido porque de verdad creían en el Club de los Corazones Solitarios, y quiénes estaban allí porque nos habíamos convertido en «lo más» del instituto McKinley.
—De acuerdo, ¿qué vamos a hacer? —chilló Rosanna, sentada en el brazo de un sofá abarrotado de gente.
Todas las asistentes me clavaron la mirada.
—Tengo la impresión de que mi lado desagradable va a asomar esta noche —me susurró Tracy.
—Dale una oportunidad —supliqué. No me veía con fuerzas para soportar otra escena más, sobre todo después del e-mail de Nate. Aunque tenía que admitir que no daba la impresión de que Rosanna se hubiera enterado muy bien de qué iba el club—. Mmm, vale, atención todo el mundo —elevé la voz para que se callaran—. Esta noche estamos al completo.
Rosanna levantó la mano.
—Tengo una pregunta para ti.
Procuré disimular mi desagrado.
—Mmm, sí.
—¿No se suponía que no podíamos salir con chicos?
—Mmm, bueno, las socias —me aseguré de que se diera cuenta de que todavía no era una socia oficial— sabemos que el club va mucho más allá de no…
—Sí, pero ¿acaso no tienes una cita con Ryan Bauer? —espetó Rosanna, con un ostentoso gesto de altanería en su alargado semblante.
Todos los ojos se fijaron en mí. El «equipo original» —tal como Tracy, Diane y yo nos referíamos al grupo de seis amigas— estaba al tanto de mi salida con Ryan. Y nadie parecía darle importancia. Porque no tenía importancia.
—En realidad, no. Vamos a ir a un concierto. Ryan y yo somos amigos desde hace años, así que no veo el problema.
—Ajá. Entonces, ¿no te interesa Ryan?
Diane lanzó a Rosanna una mirada asesina.
—Mira, no es asunto tuyo.
—Bueno —Rosanna se levantó y echó hacia atrás su endeble melena con mechas rubias—, me estáis pidiendo que deje de salir con chicos, ¿no? Pues quiero asegurarme de que nuestra «líder» está diciendo la verdad al club —ni siquiera intentaba ocultar su sarcasmo.
—No va a ser una cita en plan romántico —insistí.
Diane se levantó del suelo.
—A ver, que todas las nuevas se reúnan conmigo en la planta de arriba. Hay unas cuantas reglas que tenemos que repasar para comprobar que la gente ha venido —miró directamente a Rosanna— por las razones oportunas.
Unas veinte chicas subieron con Diane.
—¿En qué lío nos hemos metido? —preguntó Jen. Me sorprendí un poco. Jen levantó las manos—. No, no me refiero al club, sino a Rosanna y a las demás chicas que han venido a por sus quince minutos de fama.

Por curioso que parezca, yo sí estaba pensando en el club.
La semana de instituto transcurrió a toda velocidad, y el jueves se presentó sin que apenas me diera cuenta. No había contestado el e-mail de Nate, y él no había vuelto a escribirme. Odiaba que me hubiera dicho, punto por punto, las palabras apropiadas. No quería enfrentarme a ello, de modo que no me paraba a pensarlo. Lo cual significaba no contárselo siquiera a mis amigas, pues le otorgaría al asunto una dimensión más real. Y ya tenía bastantes cosas de las que ocuparme: no sólo defender mi «no cita» con Ryan, sino también decidir cómo se viste una chica para semejante «no cita».
Miré en mi armario una y otra vez con la esperanza de que la respuesta se presentase por sí sola. En un primer momento, pensé en una camiseta vintage de los Beatles y unos vaqueros, pero me di cuenta de que sería un tanto hortera; además, estaba convencida de que los espectadores de más de cincuenta años iban a vestirse precisamente así. Oí que sonaba el timbre y a toda velocidad me puse una camiseta blanca ceñida y una chaqueta de pana azul marino.
Llegué al piso de abajo justo a tiempo de oír que mi padre le decía a Ryan:
—¿Sabes? Me parece bien que haya bandas que quieran mantener viva la música, pero el público no debe engañarse…
—¡Ya estoy aquí! —interrumpí. Temía que Ryan huyese en estampida si mis padres se mantenían en sus trece. Me despedí con un gesto de la mano mientras me dirigía a la puerta. Eché una ojeada a Ryan y traté de no fijarme en lo especialmente guapo que estaba con sus pantalones caqui y su camisa azul. Rita y yo solíamos decir en plan de broma que los chicos siempre iban así vestidos para la primera cita, mientras que las chicas se ponían vaqueros y camiseta negra. Como yo no me había puesto una camiseta negra, estaba claro que no se trataba de una cita en el sentido estricto de la palabra.
—Un segundo, Penny Lane —papá me miraba de una forma un tanto rara. «Por favor, no me sueltes un sermón; por favor, no me sueltes un sermón»—. Tesoro, ¡estás preciosa! ¿Es que te has puesto maquillaje?
«Dios mío, ¿por qué? Dime, ¿por qué?».
Volví la vista a Ryan, que exhibía en el rostro una sonrisa deslumbrante. Era evidente que mis padres le hacían gracia, le ocurría a casi todo el mundo… excepto a sus hijas.
Las mejillas me ardían de vergüenza.
—Papá…
—Cariño, déjala en paz —por una vez, mamá acudió al rescate—. Que te diviertas, Penny. Y tú también, Ryan. Y Penny, es verdad, estás preciosa. Me cuesta creer lo rápido que te estás haciendo mayor. Si parece que fue ayer…
—Yesterday… —empezó a cantar mi padre.
«Quizá —pensé— debería volver corriendo a mi habitación y esconderme… hasta cumplir los dieciocho».

En cambio, saqué a la luz la pizca de dignidad que me quedaba.
—Si habéis terminado de avergonzarme, nos pondremos en marcha…
—Bueno, Ryan —le dije una vez que quedamos libres—, ahora entenderás por qué estoy buscando universidades en Europa.
Ryan soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—Los padres se creen con el derecho de humillar a sus hijos, seguramente como una forma de vengarse de sus propios padres. Tú harás lo mismo, ya lo verás.
Una cosa estaba clara: estaba decidida a poner a mis hijos nombres normales.
Nos acercamos al coche y Ryan abrió la puerta del acompañante para que me montara. Sin duda, el gesto encajaba en la categoría de «cita romántica».
—Además —añadió Ryan mientras ocupaba su asiento—, tus padres sólo están diciendo la verdad. Esta noche estás preciosa.
La mente me daba vueltas mientras el coche iniciaba la marcha.
«¿Puede alguien explicarme qué está pasando exactamente?».
Durante el trayecto hablamos más que nada del instituto y los cotilleos sobre los profesores, pero un único pensamiento me invadía la mente: «Ryan Bauer me ha llamado preciosa. Ryan Bauer piensa que soy preciosa».
O tal vez sólo había tratado de ser amable.
En el reservado del restaurante, miré al lado contrario de la mesa y lo vi examinando la carta. Su cabello negro y ondulado seguía húmedo de la ducha que, sin duda, se había dado después del entrenamiento. Levantó los ojos y me pilló mirando.
—¿Ves algo que te apetezca?
«Ni te lo imaginas».
Me debatía sobre qué tomar. Rita siempre pedía ensalada en la primera cita con un chico, pero en mi caso no se trataba estrictamente de una primera cita. Aunque, en efecto, me pregunté si Ryan esperaría que pidiera algo ligero. El caso es que me moría de hambre…
—¿Qué te apetece, cielo? —nuestra camarera de mediana edad bajó la mirada y me dedicó una sonrisa alentadora, seguramente percatándose de que era nuestra… bueno, lo que fuera.
Me decidí por un sándwich club con patatas fritas y un refresco. Odiaba las ensaladas, y nunca habría dado mi aprobación a una chica que hubiera renunciado a su identidad por culpa de un chico, aunque no fuera más que un amigo. No estaba dispuesta a fingir ser alguien que no era. Aunque confiaba en que Ryan pidiera algo parecido, la verdad.
—¿Y para ti? —la camarera miró a Ryan de arriba abajo, a todas luces impresionada. Otras chicas probablemente se ofenderían al ver a otra mujer examinando a su pareja o, en mi caso, pseudopareja; pero yo me lo tomé como un

cumplido. Además, tendría unos veinte años más que nosotros.
—La ensalada de lechuga… —comenzó a decir Ryan. El corazón me golpeaba en el pecho. «No, no, no, por lo que más quieras, no puedes pedir una ensalada, ¡eres un tío de dieciséis años!»— con salsa ranchera, para empezar; luego, hamburguesa doble con queso, patatas fritas y batido de chocolate.
«Ése es mi chico».
«Bueno, técnicamente, no es mi chico».
—En fin, Penny, la verdad es que me sorprende un poco que hayas accedido a salir conmigo.
—¿Por qué lo dices?
Se encogió de hombros.
—No lo sé. Para ser sincero, me asustaba la idea de que tus amigas me amarraran a la fuerza al enterarse de que íbamos a ir juntos a algún sitio.
—Ya sabes, lo que Todd dice sobre el club no es verdad —noté que las mejillas me empezaban a arder.
—En cualquier caso, me apetecía mucho que llegara este día —levantó los ojos y me sonrió.
«A mí también —pensé para mis adentros—. Demasiado, quizá».
Transcurrieron unos instantes de silencio. Me costaba escapar de su mirada.
—Bueno, de todas formas… —Ryan miró hacía el otro lado y se pasó la mano por el pelo—. Mmm, confío en que no te lleves un chasco cuando te lo diga, pero no sé mucho sobre los Beatles. Debo de conocer un par de canciones, no más.
—¿¡Cómo!? ¡No hablas en serio! —exclamé casi a gritos, olvidando que estábamos en un restaurante.
—¡Vaya! Lo siento. Es una de las razones por las que quería asistir al concierto, para ver a qué viene tanto jaleo.
—¿A qué viene tanto jaleo? —me agradó enterarme de que Ryan tenía un defecto, y bien gordo—. Los Beatles han sido la mejor banda musical de todos los tiempos. Los Beatles…, ellos… —enterré la cabeza entre las manos.
—¿Qué pasa?
—Nada. Es que me he recordado a mis padres y se me ha puesto el pelo de punta.
—Venga ya —Ryan me agarró por la barbilla y la levantó de entre mis manos—. A mí me parece encantador.
—Sí, encantador, de una manera delirante. Como un cachorrillo borracho.
Negó con la cabeza, pero no apartó la mano de mi barbilla.
—No, me refiero a encantador de una manera irresistible.
La sonrisa en su rostro fue disminuyendo a medida que, poco a poco, se inclinaba hacia delante…
—¿Quién ha pedido ensalada?
Se incorporó y nos sirvieron la comida. Bajé la mirada a mi plato y traté de reponerme. Notaba sobre mí los ojos de Ryan.
¿En serio iba a…?

El sábado anterior y la intervención de Rosanna me vinieron a la mente. Si Ryan…, el Club de los Corazones Solitarios se destruiría.
No, eran tonterías mías. Ryan sólo se había acercado para hablarme. Quería ser amable, nada más. Siempre había sido amable conmigo. Saltaba a la vista que yo estaba tergiversando las cosas.
Empecé a comerme las patatas fritas, deseando poder escaparme a llamar a Rita por el móvil.
Se trataba de una emergencia extraordinaria.
—¡No hablas en serio!
Ryan me miró y puso los ojos en blanco.
—Venga, déjalo ya.
Me dio mi entrada mientras accedíamos al Centro Municipal. Me fijé en que el sobre de la agencia de venta de entradas llevaba el nombre de Ryan, y no el de su madre o su padrastro, aunque se suponía que eran ellos quienes las habían comprado.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando Ryan me colocó la mano en la cintura para guiarme hasta nuestros asientos.
—Muy bien, ponte difícil —me senté y crucé los brazos.
Ryan soltó una carcajada.
—Así que soy yo quien se pone difícil, ¿eh? En serio, Penny, no sabía que eras de las testarudas.
—Pues sí, como la que más —traté de reprimir la risa—. Aparte de eso, no soy yo quien se niega a razonar.
Ryan colocó el brazo sobre el respaldo de mi butaca y se inclinó hacia mí.
—¿De verdad? —su voz denotaba que se estaba divirtiendo—. No creo que haya una sola persona en esta sala que se pusiera de tu parte en esta discusión.
Me repantigué en mi asiento y suspiré exageradamente.
—De acuerdo, no me creas —me dedicó una sonrisa engreída. Empezó a inspeccionar la multitud de personas mayores entre el público—. Perdone, señora —dio un golpecito en el hombro a la mujer que teníamos delante.
—¿Qué haces? —pregunté, conmocionada.
Se giró hacia mí.
—Demostrar que tengo razón.
Una mujer de algo más de cincuenta años —con una camiseta de los Beatles, claro está— se dio la vuelta y se sorprendió al ver a alguien tan joven como Ryan entre los nacidos en el baby boom.
—Perdone que la moleste, señora —Ryan dirigió su sonrisa más deslumbrante a la mujer, que no parecía haberse molestado en más mínimo—. Confío en que pueda ayudarme con un pequeño desacuerdo que tengo con mi pareja.
«¿Acababa de decir pareja?».
Ryan prosiguió:

—Verá, me gusta pensar que la caballerosidad sigue vigente, de modo que esta noche trato de actuar como un caballero —la mujer asintió, emocionada. Estaba claro que Ryan se saldría con la suya—. Bueno, pues parece ser que he disgustado a esta hermosa mujer que tengo a mi lado, quien, por cierto, se llama como una canción de los Beatles —Ryan me señaló con un gesto, y me esforcé por sonreír y saludar con la mano a la amable señora, en lugar de propinar una bofetada a mi caballeroso acompañante—. Francamente, creo que no está siendo justa. La invité a salir esta noche, así que lo lógico es que pague yo; pero ella se niega a cooperar.
Ryan giró la mirada hacia mí y me guiñó un ojo. Deslicé el pie y le clavé el tacón en el pie izquierdo.
—¡Ay! —apartó el pie y se aclaró la garganta—. En su opinión, ¿no le parece que debería limitarse a dar las gracias, en lugar de lanzarme el dinero a la cara?
La mujer dio unas palmaditas en la rodilla de Ryan.
—Desde luego, es encantador por tu parte. Se ve a la legua que eres un novio excelente.
Abrí la boca para protestar, pero Ryan levantó la mirada, dedicando a la mujer una amplia sonrisa.
—Vaya, muchas gracias, señora.
La mujer se sonrojó levemente, disfrutando de la atención que Ryan le dedicaba. Se inclinó hacia él.
—¿Primera cita?
Contuve el aliento.
Ryan sonrió.
—Sí. Por cierto, ¿qué posibilidades cree usted que tengo de una segunda cita si la obligo a pagar?
Las tinieblas me envolvieron. Durante un instante confié en estar sufriendo una especie de ataque. Parpadeaba sin cesar, aunque la oscuridad no desaparecía. Entonces, los oídos se me inundaron de gritos y el pulso se me aceleró. Merecido castigo por haber salido con un chico.
Las luces estallaron a unos metros de distancia a la vez que cuatro tipos vestidos con trajes negros efectuaban su entrada en el escenario.
El concierto. Sacudí la cabeza mientras regresaba al presente. Ryan se puso en pie con el resto del público cuando los Falsos Cuatro de Liverpool iniciaron la actuación con I Want to Hold Your Hand. Tuve que apoyarme en el brazo de la butaca para poder levantarme; la cabeza me daba vueltas por un exceso de confusión.
Miré a Ryan. Me sonrió y, con suavidad, me rodeó la cintura con los brazos.
«Estoy en una cita con Ryan Bauer».
El estómago me pegó un salto mortal y traté de recuperar el aliento.
«Mierda, estoy en una cita con Ryan Bauer. ¡Y se supone que no puedo salir con chicos!». Y eso no era todo. También había asegurado delante de todo el Club de los Corazones Solitarios que no iba a ser una cita en plan romántico.
Me concentré en la música. Las letras de las canciones me despertaban recuerdos —buenos y malos— a medida que el concierto avanzaba.

«Venga, Penny. Eres capaz de manejar esto».
Las luces se atenuaron y una guitarra empezó a tocar. El corazón se me desplomó. Notaba que los ojos se me cuajaban de lágrimas y traté de reprimirlas con todas mis fuerzas. Intenté sacarme la letra de la cabeza, pero no lo conseguí. La situación se me complicaba, todo estaba saliendo mal. Y, por descontado, nadie como John, Paul, George y Ringo —incluso los falsos— para poner las cosas en perspectiva.
Empecé a mecerme al ritmo de la música y cerré los ojos. Canté a coro las canciones que hablaban de desesperanza, de melancolía y de actuar como un idiota en el amor. En resumen, lo que yo misma sentía en ese momento.
Era una hipócrita completa. Aunque no había parado de explicar a la gente que no se trataba de una cita romántica, una gran parte de mí había deseado que sí lo fuera. Ahora caía en la cuenta.
Me sentía a gusto. Ryan no había hecho más que ser amable conmigo. Era una buena persona.
Pero lo mismo había pensado de Nate: era agradable conmigo, era una buena persona. Y entonces, me mintió y me rompió el corazón.
Me había prometido a mí misma que jamás permitiría que volviera a suceder.
«Idiota integral».
Así se había calificado Nate.
Pues yo no quería ser otra idiota integral.
Por mucho que quisiera engañarme en el sentido de que, con Ryan, las cosas serían diferentes, no era verdad. Me negaba a caer en la misma trampa. No era tan inocente.
Cuando la canción terminó, supe lo que debía hacer. Aquello tenía que terminar: el coqueteo, el deseo… Todo. No se trataba sólo de lo que yo quisiera; se trataba de lo que fuera mejor para el grupo, para mis amigas.
«Penny, afronta las consecuencias. Ya lo dice la canción, You’ve got to hide your love away: tienes que ocultar tu amor. Y no sólo esconder tus sentimientos. Tienes que destruirlos. Matarlos antes de que ellos te maten a ti».
Las luces se encendieron y Ryan, emocionado, me miró.
—Ha sido increíble…, pero no les digas a tus padres que he dicho eso, ¿vale?
Le dediqué una fugaz sonrisa y me dispuse a salir por el pasillo. Permanecí en silencio durante la mayor parte del trayecto de vuelta, y sólo contestaba las preguntas de Ryan sobre los Beatles.
Cuando giró por la esquina de mi casa, supe que necesitaba una estrategia de salida rápida, algo que me garantizara que no habría una segunda cita. Conociéndome, no iba a resultar muy elegante.
Ryan se detuvo en el camino de entrada.
—Penny, me alegro mucho de que hayas salido conmigo esta noche. Me lo he pasado muy bien.
Salté del coche antes de que tuviera ocasión de apagar el motor. Me giré, con la puerta abierta, y vi a un Ryan anonadado.
—Sí, gracias. Adiós —respondí. Cerré la puerta de un golpe y salí corriendo

hasta la puerta principal, tratando desesperadamente de entrar en casa antes de echarme a llorar.
«Estoy haciendo lo que debo».
Eso pensaba repetirme una y otra vez.

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