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El club de los corazones solitarios. ( Capitulo 22 )

Capitulo 22

Meg se pasó aquel sábado entrevistando a las socias del club para su artículo, y quiso entrevistarnos a Tracy, a Diane y a mí por separado.
A pesar de que yo apoyaba el club al cien por cien y me alegraba con toda mi alma del éxito conseguido, la entrevista no podía haber llegado en peor momento. Las miradas que últimamente nos lanzaba la población masculina del McKinley, así como las chicas que no eran socias, resultaban cada vez más incómodas. Todd, directamente, me había retirado la palabra.
—¿Te consideras feminista? —preguntó Meg una vez que le hube puesto al día de los orígenes del club.
—Mmm, supongo.
«Bonita respuesta».
Tenía que concentrarme en la entrevista, lo sabía. El club era demasiado importante para mí como para no hacerlo, y realmente deseaba que quedase reflejado de una manera positiva.
—Más os vale estar diciendo cosas agradables sobre mí —interrumpió Tracy mientras efectuaba su entrada—. ¿Me toca ya?
Meg apagó la grabadora.
—Tengo que ir a buscar otra cinta. Volveré enseguida.
Durante más de una semana había evitado contarle a Tracy lo de mi próxima cita, o lo que fuera, con Ryan. Al irse Meg y quedarnos a solas, me pareció una buena ocasión.
Una vez que se lo hube contado, le pregunté:
—¿Qué te parece?
—Suena divertido, Pen. No es una cita en plan romántico ni nada parecido, ¿verdad?
—¿Estás de broma? Claro que no, Tracy. Sólo es un concierto. Nada del otro mundo.
—Sí, Ryan siempre me ha caído bien. Me sorprende que no haya empezado a salir con alguien nuevo.
—Bueno, fue con Missy a la fiesta de antiguos alumnos…
—Penny, no están saliendo; la llevó de pareja, nada más. Sigue soltero y sin compromiso al cien por cien —el corazón se me detuvo—. Debería aconsejarle a Meg que escriba una especie de columna de cotilleos en el Monitor. No sé qué sería de vosotras sin mis conocimientos de los enredos del alumnado. En todo caso, no te vas a creer lo que me hicieron anoche esos mocosos a los que estuve cuidando…
Y así, la conversación quedó zanjada. No tenía por qué preocuparme. Sólo iba a ser una noche en la que dos compañeros de clase asistirían a un concierto. Nada más.
Daba la impresión de que Diane iba a vomitar.
—Todo irá bien, ya lo verás —traté de tranquilizarla.
—Ay, Dios mío; ay, Dios mío; ay, Dios mío —recorría el pasillo con los puños apretados.
Tracy y yo intercambiamos una mirada de preocupación.
Diane se repantigó en el suelo.
—¿En qué estaba pensando?
Me senté a su lado. Tracy se apartó un par de metros, con Jen, para dejarnos intimidad.
—Diane —la abracé por los hombros—, sigo impresionada por lo mucho que has cambiado en las últimas semanas. Deberías sentirte orgullosa, pase lo que pase.
Levantamos los ojos y vimos a la entrenadora Ramsey, quien abrió las puertas del gimnasio y, a paso lento, se encaminó al tablón de anuncios. Un grupo de chicas formó un pasillo para dejarla pasar y en cuanto hubo clavado una hoja de papel, se apiñó de nuevo.
—¿Quieres que vaya a enterarme? —me ofrecí.
Diane levantó la mirada al tiempo que varias chicas empezaban a pegar botes y a lanzar hurras. Tracy se acercó y examinó la lista. La entrenadora Ramsey pasó por nuestro lado de regreso al gimnasio, paró y se giró.
—Bienvenida al equipo, Monroe.
Diane abrió los ojos de par en par.
—¿Quiere decir que…?
—¡Pues claro que has entrado en el equipo! —Tracy ya no pudo contenerse—. Diane, ¡te has colado en el maldito equipo de primera categoría!
Diane se levantó de un salto, salió como una flecha hacia el tablón de anuncios y examinó la lista.
—Yo…, yo… —se giró en nuestra dirección—. ¡Lo conseguí! Dios mío, ¡lo conseguí! —regresó corriendo y me dio un enorme abrazo.
—Enhorabuena, ¡sabíamos que podías! —me sentía tan emocionada por su triunfo que, prácticamente, le hablaba a gritos—. De acuerdo, chicas, ya podéis acercaros.
Una multitud vociferante, con pancartas que decían: «Enhorabuena, Diane» dio la vuelta a la esquina a la velocidad del rayo.
—¿Qué pasa? —preguntó Diane, conmocionada.
—No querías que montáramos un espectáculo por si no te aceptaban en el equipo pero, claro, todas querían estar aquí, acompañándote.
Laura desplegó con orgullo su pancarta: «Bien hecho, Diane» y, rápidamente, la apartó para dejar a la vista la segunda opción: «Que les den, no saben lo que se pierden». Laura guiñó un ojo a Diane:
—Siempre hay que estar preparada.

Un gentío de admiradoras se arremolinó alrededor de Diane, incluyendo las jugadoras de su nuevo equipo.
Tracy me rodeó con el brazo.
—¡Nuestra pequeña ha crecido! ¿Alguna vez te imaginaste que podía llegar a pasar? —preguntó Tracy.
Negué con la cabeza.
Ni en sueños.
—¡Últimas noticias! ¡Leedlo todo sobre nuestro club! —Meg me saludó al encontrarme junto a mi taquilla el lunes, entre clase y clase, y me entregó un ejemplar del McKinley Monitor.
Agarré el periódico y dirigí la mirada directamente al titular sobre el club y a nuestra foto, en primera plana.
—Ay, no me imaginaba que iba a ser tan grande —comenté, mientras trataba de poner freno a un ataque de pánico.
Corrí a toda prisa hasta el baño de chicas, examiné las cabinas para asegurarme de que estaba sola y me senté. En términos generales, se trataba de la historia habitual que ya me iba resultando un tanto anticuada… hasta que llegué al final.
Los rumores sobre el club han estado volando durante las últimas semanas, sobre todo entre los varones del McKinley.
«Tantos estrógenos juntos no pueden ser nada bueno —ha comentado Todd Chesney, de primero de bachillerato—. En mi opinión, todo ese rollo de no salir con chicos es una chorrada».
«En realidad, no he notado grandes cambios en las tías del instituto, sólo que están demasiado ocupadas para relajarse», añadió Derek Simpson, del último curso.
A pesar de una cierta inquietud por parte de la población masculina del McKinley, no da la impresión de que el Club de los Corazones Solitarios vaya a reducir su marcha por el momento.
«Resultará emocionante ver qué ocurre a continuación —ha apuntado Bloom—. No parece que haya un final a la vista, la verdad».
Una cosa está clara: esta reportera está deseando que llegue su cita de los sábados por la noche, gracias a Penny Bloom y su corazón solitario.
Clavé las pupilas en las últimas palabras.
«Penny Bloom y su corazón solitario».
Se me hizo un nudo en el estómago al caer en la cuenta de que el instituto entero iba a leerlo. El instituto entero.
¿Qué iba a pensar la gente de mí cuando el artículo se divulgara?

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