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El club de los corazones solitarios. ( Capitulo 16 )

Capítulo 16.

La primera salida oficial de nuestro club tuvo lugar el sábado siguiente: fuimos de compras en busca de vestidos para la fiesta de antiguos alumnos. Estaba emocionada porque Rita había vuelto a casa de la universidad de Northwestern y la habíamos nombrado socia honoraria para la ocasión.

Pero antes, teníamos que sobrevivir a la cena con nuestros padres, el viernes por la noche.

—Ay, qué alegría tener a mis niñas en casa —repetía mamá sin parar.

Traté de ignorar sus comentarios mientras examinaba la carta del restaurante favorito de la familia, The Wilderness, es decir, la tierra salvaje. (Nunca llegué a entender qué tenía de salvaje un restaurante familiar pegado a un centro comercial.)

El camarero se acercó a tomar nota de nuestro pedido y bajé la mirada para que Rita fuera la primera en pedir. Siempre se mostraba mucho más valiente que yo con nuestros padres.

—Sí, tomaré el filet mignon con puré de patata al ajo —dijo, mirando directamente a mamá, desafiándola.

—Rita… —dijo mamá con evidente desaprobación.

Rita apartó la servilleta de su plato y se la colocó en las rodillas.

—Madre, las chicas jóvenes necesitan proteínas. Penny, ¿qué vas a comer?

El camarero me miró, a todas luces desconcertado. Esbocé una sonrisa mientras pedía una hamburguesa, no muy hecha.

Mamá intervino, frunciendo sus grandes ojos castaños —exactos a los míos— y sosteniendo la mirada de Rita.

—Rita… Penny Lane… —ah, genial, también yo me había metido en un lío—. Ya saben que respetamos su decisión de comer lo que quieran, pero me encantaría que tratasen de entender los argumentos de sus padres.

—Verás, mamá, conozco sus argumentos —Rita puso las manos en alto e hizo un gesto dramático—. Sé cómo actuaría Paul en una situación así; pero no soy Paul McCartney. Soy Rita Bloom, y decido comer carne. Montones de carne.

Mientras que la mayoría de la gente opta por hacerse vegetariana por razones éticas o de salud, mamá y papá lo habían hecho, sencillamente, porque Paul McCartney los había convencido.

Percibiendo la tensión que reinaba en la mesa, papá se giró hacia mí.

—Y dime, Penny Lane, ¿qué planes tienes este fin de semana con tu hermana mayor?

Estaba a punto de hablarle del día de compras cuando Rita interrumpió:

—Estoy encantada, porque voy a conocer a las socias del club de Penny.

«Oh-oh».

—¡Cariño, te has apuntado a un club! ¡Qué bien! —exclamó mamá mientras daba un sorbo de agua.

—Sí, desde luego. ¿Qué clase de club, hija? —papá se inclinó hacia mí, interesado.

—Bueno, eh…, en realidad, no es un club oficial.

Fulminé a Rita con la mirada. La situación resultaba humillante. ¿Qué iba a decir? «Veran, papá, mamá, estoy harta de los chicos porque el hijo de sus mejores amigos se portó conmigo como un cerdo, de modo que he decidido unirme con mis amigas y olvidarme por completo de los chicos».

—Lo ha fundado Penny. Se llama el Club de los Corazones Solitarios —apuntó Rita.

—Oh, Penny, qué maravilla —mamá se llevó la mano al pecho, entusiasmada porque su hija hubiera utilizado un nombre de los Beatles, aunque no tuviera ni idea de qué iba el club. Podía haber fundado un club llamado El Submarino Amarillo cuyos miembros salieran de fiesta en el océano y ligaran con cachorros de foca, y mis padres seguirían sintiéndose orgullosos.

—Hija, es magnífico que te tomes tanto interés por tus raíces. Bien hecho, muy, muy bien —papá esbozaba una amplia sonrisa de satisfacción.

¿Mis raíces? Mi bisabuelo paterno era inglés, de acuerdo; pero ni con mucho de los alrededores de Liverpool. Y la familia de mi madre procedía de Alemania.

—¿Quieren saber de qué va el club? —pregunté—. Unas amigas y yo hemos decidido dejar de salir con chicos…, al menos hasta que abandonemos el McKinley.

Los ojos de papá se iluminaron.

—Penny Lane, ¡es una idea magnífica para formar un club!

Mamá se mostró pensativa unos instantes, y luego tomó la palabra.

Capítulo 16. Parte 2.

—Penny Lane, ¿hay alguna razón para que hayas dado este paso?

El corazón me empezó a latir a toda velocidad. Mamá lo sabía. Negué con la cabeza.

—En realidad no. Habrá sido un conjunto de factores, supongo. Pero es que estoy harta de que mis amigas sufran…

—Bueno, Penny Lane, te repito que me parece genial —papá alargó el brazo a través de la mesa y me cogió de la mano—. Quiero que sepas que estaré encantado de bajar más mesas al sótano cuando esto despegue. ¡Y pensar que nuestra niña ha fundado un club de los Beatles!

—¡No es un club de los Beatles! —aparté la mano de un tirón.

Papá me guiñó un ojo.

—Bueno, un padre tiene derecho a soñar, ¿no te parece?

Mamá permanecía en silencio. Me costaba averiguar su opinión. Pero no pronunció palabra cuando llegó la comida y Rita y yo nos abalanzamos sobre nuestra carne roja y disfrutamos cada mordisco.

Resultaba extraño. Había asistido a innumerables bailes y eventos de cierta formalidad desde primaria. Pero era la primera vez que había salido en busca de un vestido con un grupo de amigas. Sin duda, creaba la importancia de nuestro club, y demostraba lo bien que nos lo podíamos pasar sin necesidad de chicos. Me dio la impresión de que a las empleadas no les hacía mucha gracia tener que aguantar a seis chicas correteando de un lado a otro de la sección de vestidos, lanzándose gritos entre sí; pero Rita no tardó en ponerse al mando.

—En una escala de calor, ¡estás que ardes, muñeca! —le dijo a Amy cuando ésta salió del probador con un vestido negro.

Mientras yo observaba la escena, mi hermana agarró su móvil y se puso a imitar a una presentadora de uno de esos programas de televisión femeninos.

—A continuación, tenemos a Amy Miller, con un vestido de raso negro. Fíjense en el detalle de pedrería en las mangas tipo casquillo, y en el corte estilo imperio que acentúa su generoso busto…

Amy se sonrojó, efectuó un pequeño giro e hizo una reverencia.

Se abrió la puerta del probador de al lado.

—¿Están listas para verme? —preguntó Sisa mientras salía para que admirásemos su vestido… o lo que fuera.

Nos quedamos mirándola fijamente. Sisa llevaba lo que podía describirse como una especie de bata, una espantosa bata de flores que ni siquiera mi abuela habría lucido en público. Sisa se dirigió, acercándose, al espejo de tres cuerpos.

—Oye, Pen, se me ha ocurrido que podíamos ir preparando el armario para cuando seamos solteronas —sonrió a medida que se quitaba la bata y dejaba al descubierto un ajustado vestido de seda roja con cinturón de lentejuelas a juego. Estaba impresionante—. Venga, Rita, ¿qué puntuación me das en tu escala de calor?

—Sin duda alguna: ¡al rojo vivo!

Sisa dio una palmadita y se puso a pegar de saltos. Caí en la cuenta de que cada día se parecía más a Diane.

Si alguna vez llegara a comentárselo, me mataría.

—Por lo que se ve, todas han encontrado vestimenta —indicó Rita mientras nos examinábamos unas a otras. Diane había elegido un vestido rosa de estilo años veinte, Daniela llevaba el clásico vestido negro sin tirantes, y Zoe, uno de seda roja de corte imperio, mientras que yo había optado por un conjunto negro de top atado al cuello y falda de encaje estrecha.

Nos colocamos en línea delante de los espejos para vernos mejor.

—¿Saben? —dijo Daniela—. Me encanta haber elegido un vestido sólo para mí. Antes, siempre me paraba a pensar si le gustaría a mi pareja lo suficiente…

—Sí —interrumpió Amy—. Lo suficiente como para quitártelo.

Daniela esbozó una sonrisa.

—En serio, es como si me hubiera quitado un peso de encima.

Diane se mordió el labio inferior con ademán nervioso.

Capítulo 16. Parte 3.

—A mí también me pasa, sobre todo porque ahora puedo concentrarme en otras cosas. De hecho, necesito tu ayuda, Daniela. He decidido dejar de ser animadora después de la fiesta de antiguos alumnos… y presentarme a las pruebas de baloncesto.

Se escucharon un par de gritos ahogados. Rita rompió a aplaudir.

—¡Madre mía! —exclamó Sisa—. ¡Diane! Vas a… —Diane se sonrojó y bajó la mirada—… fastidiar al personal a base de bien.

A Diane se le iluminó la cara.

—¿Eso crees?

—¡Pues claro que sí! Me muero de ganas de que el director Braddock se entere de la noticia. Le va a dar un ataque cuando sepa que una de sus queridísimas animadoras va a…, mmm…, cambiar de equipo, digamos.

Diane se echó a reír.

—Ya me imagino los rumores que van a correr por todas partes cuando se lo diga a las chicas.

—¿Puedo preguntarte cuándo decidiste unirte al equipo? No es tan fácil como parece —dijo Daniela.

—No pienso que sea fácil, para nada. Siempre me ha encantado el baloncesto, y a veces salía a practicar con mi padre, porque no tenía un hijo con quien jugar, me imagino. Pero quiero formar parte de un equipo. Quiero probar algo diferente. Puede que parezca un poco egoísta, pero estoy harta de animar a otras personas. Ahora quiero que me animen a mí.

—¿Te apetece venirte este fin de semana y practicar? —propuso Daniela.

Diane sonrió.

—Será alucinante. Niall está repasando jugadas conmigo; hemos estado entrenando los fines de semana.

—¿En serio? —preguntó Sisa.

—¡Sí! —la expresión de Diane cambió rápidamente—. Un momento, no hay nada entre nosotros. Confío en que no sea eso lo que piensas.

Sisa se encogió de hombros.

—Lleva tiempo animándome a dar el paso, y yo necesitaba un poco de práctica para ver si era o no una nulidad. Pero, por lo visto, Niall opina que me irá bien. No es que pretenda empezar siendo titular ni nada parecido; aunque, en realidad, no me importa. Lo que quiero es formar parte del equipo.

Jen asintió.

—¡Así me gusta! Y estoy segura de que serás estupenda.

—No sé…

Todas la bombardeamos con palabras de aliento. Me fijé en que la seguridad de Diane iba en aumento al contar con el apoyo general.

Sisa alargó la mano y nos quedamos mirándola unos segundos.

—Venga… —dijo.

Coloqué mi mano encima de la suya y, una por una, las demás nos siguieron. Allí estábamos, con nuestros vestidos nuevos, frente a una hilera de espejos.

Sisa me miró antes de tomar la palabra.

—¡Por nuestras nuevas socias, nuestros increíbles vestidos de fiesta y por Diane Monroe, diosa de la canasta!

Lanzamos gritos y hurras. Las pobres dependientas estuvieron a punto de derrumbarse sobre sus respectivas cajas registradoras.

Una vez que hubimos comprado nuestros vestidos, Sisa sugirió «que nos pusiéramos como cerdas hasta que se nos quedaran pequeños». Nos esforzamos al máximo.

Después de despedirnos del grupo, Sisa nos llevó a casa a Rita y a mí. Introdujo un CD en la radio del coche.

—Señorita Penny Lane, tengo una sorpresa para usted —anunció. La música de los Beatles inundó el ambiente.

—¡Guau, Sisa! No me lo puedo creer…

—Sí, bueno, me gusta pensar que yo también estoy llena de sorpresas —me guiñó un ojo.

Rita se inclinó hacia delante entre el asiento del conductor y el del acompañante.

—¿Sabes, Pen? Se van a hacer cada vez más populares. A este paso, papá va a tener que ampliar el sótano para que quepan todas.

Sonreí. Tal vez Rita tuviera razón. Tal vez esto sólo fuera el principio.

Tracy subió el volumen y las tres empezamos a corear la canción.

I’ve got to admit it’s getting better… Tengo que admitir que está mejorando…

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