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El club de los corazones solitarios. ( Capitulo 03 )

Capítulo 3.

Me sentía perdida. Necesitaba esconderme. Escapar. Sólo se me ocurrió un remedio para aliviar el dolor. Recurrí a los cuatro chicos que nunca me fallarían. Los únicos cuatro que jamás me romperían el corazón, que no me decepcionarían. John, Paul, George y Ringo. Lo entenderá cualquiera que se haya aferrado a una canción como a un bote salvavidas. O que haya puesto una canción para despertar un sentimiento, un recuerdo. O que haya hecho sonar mentalmente una banda sonora para ahogar una conversación o una escena desagradable. En cuanto regresé a mi habitación, destrozada por el rechazo de Nate, subí el volumen de mi radio hasta el punto que la cama empezó a temblar. Los Beatles habían sido siempre una especia de manta reconfortante que me daba seguridad. Formaban parte de mi vida incluso antes que naciera. De hecho, de no haber sido por los Beatles, no habría nacido. Mis padres se conocieron la noche en que John Lennon murió de un disparo, junto a un altar improvisado en un parque de Chicago. Ambos eran fans de los Beatles de toda la vida. Y con el paso del tiempo decidieron que no tenían más remedio que ponerles a sus hijas nombre de tres canciones del grupo: Lucy in the sky with diamonds, Lovely Rita y Penny Lane. Eso sí, mis hermanas mayores tuvieron la suerte de que les pusieran segundos nombres normales, pero a mí me otorgaron el título completo de Lennon y McCartney: Penny Lane. Incluso, nací el 7 de febrero, aniversario de la primera visita de los Beatles a Estados Unidos. No me lo tomaba como una casualidad. No me habría extrañado que mi madre se hubiera negado a pujar para que yo naciera ese día. El destino de casi todos los viajes familiares era la ciudad de Liverpool, en Inglaterra. En todas nuestras felicitaciones de Navidad aparecíamos recreando la portada de un disco de los Beatles. Aquello debería haberme incitado a la rebelión. En cambio, los Beatles se convirtieron en parte de mí. Me sintiera feliz o triste, sus letras, su música, eran un consuelo. Esta vez traté de sofocar las palabras de Nate con una explosión de Help! Mientras tanto, recurrí a mi diario. Al tomarlo, el cuaderno forrado de piel se sentía pesado, cargado por los años de emociones que contenían sus páginas. Lo abrí y revise las entradas, casi todas con letras de los Beatles. A cualquier otra persona le habrían resultado asociaciones absurdas, pero para mí el significado de las letras iba mucho más allá de las palabras. Eran como fotografías de mi vida: de lo bueno, y lo malo y lo relacionado con los chicos. Cuánto sufrimiento. Me puse a revisar mis relaciones anteriores. Dan Walter, de segundo de bachillerato y, según Sisa, “un completo lujurioso”. Salimos 4 meses, cuando llegué al último año de secundaria. Las cosas empezaron bastante bien, si por “bien” se entiende ir al cine y a cenar pizza los viernes en la noche con el resto de las parejas de la ciudad. Al fin, Dan empezó a confundirme con el personaje de la película “Casi famosos” que también se llamaba Penny Lane. Ella es una groupie despiadada, y a Dan se le metió en su cabeza hueca que, si tocaba Starway to heaven con la guitarra, me rendiría. No tardé mucho en darme cuenta de que el atractivo físico no necesariamente conlleva las dotes de un buen guitarrista. En cuanto comprobó que mis calzones seguían en su lugar, Dan cambió de melodía.

Capítulo 3. Parte 2.

Después vino Derek Simpson, quien –estoy segura- sólo salió conmigo porque pensaba que mi madre, que es farmacéutica, le podía conseguir pastillas. Darren McWilliams no fue mucho mejor. Empezamos a salir justo antes de que me entrara la locura por Nate, el verano pasado. Parecía un tipo encantador hasta que empezó a visitar a Laura Jaworski, quien resultó ser una buena amiga mía. Acabó citándonos a las dos el mismo día. No se le ocurrió que compararíamos nuestras agendas. Dan, Derek y Darren. Y sólo en el último año de la secundaria. Me engañaron, me mintieron y me utilizaron. ¿Qué lección aprendí? Que debía mantenerme alejada de los chicos cuyo nombre empiece con “D”, porque todos ellos eran el diablo personificado. Puede ser que el verdadero nombre de Nate fuera Dante, el Destructor de Deseos. Porque era diez veces peor que los otros tres “D” juntos. Hice a un lado el diario. Estaba furiosa con Nate, es verdad. Pero, sobretodo, estaba furiosa conmigo misma. ¿Por qué me presté a salir con ellos? ¿Qué saqué de aquellas relaciones, aparte de un corazón destrozado? Yo era más inteligente que todo eso. Debería haberlo sabido. ¿En serio quería seguir siendo utilizada? ¿Acaso había alguien ahí afuera que valiera la pena? Había creído que Nate sí valía la pena, pero estaba confundida. Cuando me levanté para llamar a Sisa –tenía que compartir mis penas con ella-, algo me llamó la atención. Me acerqué a mi póster preferido de los Beatles, y empecé a pasar los dedos por las letras: St. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Había contemplado aquel póster día tras día durante los últimos siete años. Había escuchado aquel álbum, uno de mis favoritos, cientos de veces. Era como si, para mí, siempre habría sido una sola palabra muy larga: SgtPepper’sLonelyHeartsClubBand. Pero, ahora, tres términos nos se desligaban del resto, y descubrí en la expresión algo completamente nuevo. Lonely. Hearts. Club. Entonces, sucedió. Algo relacionado con aquellas palabras. Lonely. Hearts. Club. Club. Corazones. Solitarios. En teoría, podría sonar deprimente. Pero en aquella música no había nada deprimente. No, este club de los corazones solitarios era justo lo contrario a deprimente. Era fascinante. Había tenido la respuesta frente a mis ojos, desde el principio. Sí, había encontrado una manera para que dejaran de engañarme, de mentirme, de utilizarme. Dejaría de torturarme saliendo con fracasados. Disfrutaría de los beneficios de la soltería. Por una vez, me concentraría en mí misma. El primero de bachillerato iba a ser mi año. Todo giraría alrededor de mí, Penny Lane Bloom, fundadora y socia única del club de los corazones solitarios.

Come Together. “…you’ve got to be free…”

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