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Capitulo uno.
Cuando tenía cinco años, caminé hacia el altar con el hombre de mis sueños. Bueno, dejémoslo en “el niño” de mis sueños. También tenía cinco años. Conozco a Nate Taylor prácticamente desde que nací. Su padre y el mío eran amigos de la niñez, y todos los años Nate y sus padres pasaban el verano con mi familia. Mi álbum de recuerdos de la infancia está lleno de fotos de los dos: bañándonos juntos, de niños; jugando en la casa del árbol del jardín trasero, y –mi preferida- disfrazados de novios en miniatura en la boda de mi prima. Todo el mundo bromeaba y aseguraba que algún día nos casaríamos de verdad. Nate y yo también lo creíamos. Nos considerábamos la pareja perfecta. No me molestaba jugar a la guerra con Nate, y él llegó a jugar con mis muñecas (aunque nunca lo admitió). Me empujaba en los columpios y yo le ayudaba a organizar sus muñecos de acción. Nate opinaba que me veía preciosa con mis coletas, y yo pensaba que él era muy guapo. Sus padres me caían bien, y a él los míos. Yo quería un bulldog inglés y Nate, un pug. Los macarrones con queso eran mi plato favorito, y el suyo también. ¿Qué más podría pedir una chica? Para mí, esperar con una ilusión la llegada del verano equivalía a esperar con ilusión a Nate. Como resultado, casi todos mis recuerdos tenían que ver con él. Mi primer beso (en la casita del árbol, en mi jardín, cuando teníamos ocho años. Le di un abrazo y luego me eché a llorar). La primera vez que tomé la mano a un niño(nos perdimos en una excursión) Mi primera tarjeta de San Valentín (un corazón de cartulina roja con mi nombre escrito). Mi primer campamento. La primera vez que engañé a mis padres (el año pasado tomé un tren a Chicago para ver a Nate. Les dije a mis padres que iba a dormir en casa de Sisa, mi mejor amiga). Nuestro primer beso de verdad (catorce años. Esta vez no me defendí) Después de aquel beso, mi entusiasmo por la llegada del verano se incrementó. Ya no eran juegos de niños. Nuestros sentimientos eran auténticos, diferentes. El corazón ya no era de cartulina: estaba vivo, latía…era de verdad.

Capítulo uno. Parte 2.
Cuando pensaba en el verano, pensaba en Nate. Cuando pensaba en el amor, pensaba en Nate. Cuando pensaba en cualquier cosa pensaba en Nate. Sabía que aquel verano iba a ocurrir. Nate y yo estaríamos juntos. El último mes de clases me resultó insoportable. Inicié la cuenta regresiva de su llegada. Salía de compras con mis amigas en busca de ropa para gustarle a Nate. Incluso compré mi primer biquini pensando en él. Organicé mi horario de trabajo en la clínica dental de mi padre adaptándolo al horario de Nate en el club de campo. No quería que nada se interpusiera entre nosotros. Y entonces, sucedió. Allí estaba. Más alto. Más maduro. Ya no era sólo guapo, sino sexy. Y era mío. Quería estar conmigo, Y yo, con él. Parecía así de simple. Al poco tiempo, estábamos juntos. Por fin, juntos de verdad. Sólo que no fue el cuento de hadas que yo había esperado. Porque los chicos cambian. Mienten. Te pisotean el corazón. A fuerza de desengaños, descubrí que ni los cuentos de hadas ni el amor verdadero existen. Que el chico perfecto no existe. ¿Y esa encantadora foto de una inocente novia en miniatura con el chico que algún día le rompería el corazón? Tampoco existía. Me quedé mirando cómo ardía en llamas.

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