Amor cuantitativo y algebraico: “¿Cuánto me amas?” o “¿Me quieres mucho?”.

Amor cuantitativo y algebraico: “¿Cuánto me amas?” o “¿Me quieres mucho?”. Si nos dicen que “hasta el cielo”, quedamos satisfechos y felices, colgados de una nube. Pero la pregunta que más vale, y debes hacerte a ti misma o a ti mismo, es cómo te aman. Muchos psicópatas dicen amar demasiado a sus parejas antes de masacrarlas. ¿Necesitas que te quieran mucho o que te quieran bien? ¿Ambas cosas? Sería lo ideal. No obstante, es mejor un amor estable, repleto de ternura y alegría, así no llegue a la estratosfera, que un amor desbordado que anda como una bala perdida.

Para los amantes de la medición, también existe el amor espacial: “¿Hasta dónde me amas?”. Si fuéramos objetivamente honestos deberíamos responder que no tenemos idea. ¿Con qué vara medir el amor que sentimos: centímetros, metros, años luz? Una contestación plausible y con cierto aire matemático de consolación, podría ser: “Si te siento compañera o compañero y sé que puedo contar contigo en las buenas y en las malas, no necesito ni las sumas ni las restas”. ¿Para qué quieres que te amen “más allá de sus fuerzas”? ¡Estarían todo el día fatigados! Mejor que te amen sosegadamente, en el día a día, en el más acá, inventando y embelleciendo lo cotidiano.

Hemos visto pacientes que se debaten en la encrucijada del cuánto y el cómo, atrapados en una disyuntiva sin sentido.: “No soy feliz, pero me ama demasiado…”. ¿Y a quién le importa “cuánto” te quiere, si vives infeliz? ¿O acaso piensas que eres poco querible y por eso necesitas sumarle puntos a tu aporreada autoestima? Que te amen “desmedidamente” o de aquí a la China, no demuestra nada respecto a tu valía personal ni garantiza tu calidad de vida. Créeme: la abundancia amorosa, sin la cualidad básica que determina el afecto, vale poco. Incluso, un amor excesivo y fuera de control, puede llegar a ser mucho más molesto y dañino que el desamor.